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Por qué digitalicé todas mis recetas (y qué gané por el camino)

Por  Lucía Herrero  · · 6 min de lectura

Durante quince años mi recetario fue esto: un cuaderno de tapas duras con manchas de mantequilla, tres libretas «provisionales», un taco de post-its dentro de una lata de galletas y unas doscientas fotos en el móvil que nunca volvía a encontrar. Funcionaba — hasta que dejaba de funcionar. El día que no apareció la receta del bizcocho de pistacho (la buena, la del pedido de una boda de ochenta personas) la reconstruí de memoria a las once de la noche. Salió distinta. Nadie se quejó, pero yo lo sabía, y esa semana lo decidí: todo mi recetario, digitalizado. Es de las mejores decisiones que he tomado en mi obrador, y te cuento qué gané por si tú estás donde yo estaba.

Lo que gané (y no me esperaba)

1. La misma tarta sale igual siempre

«Un puñado de almendra» no es una medida, es un estado de ánimo. Con las recetas escritas en gramos y con los pasos numerados, la tarta sale igual la haga yo un martes tranquilo o mi ayudante un sábado hasta arriba de encargos. La consistencia no es una manía de perfeccionista: es lo que hace que una clienta repita.

2. Escalar un pedido sin regla de tres a lápiz

De 12 raciones a 40 para un evento: antes eso era calculadora, lápiz y rezar por no haberme equivocado en los huevos. Con la receta digitalizada, multiplico las cantidades sin despeinarme y sin errores. Los fallos de escalado eran de mis pérdidas más tontas — y de las más caras, porque siempre aparecían con los pedidos grandes.

3. Por fin sé lo que me cuesta cada receta

Cuando la receta vive ordenada con sus cantidades, calcular lo que cuesta deja de ser un proyecto de tarde de domingo. La primera vez que vi el coste real de mis diez recetas más vendidas descubrí que una de mis «estrellas» me dejaba noventa céntimos de margen por unidad. Le subí el precio esa misma semana.

4. Buscar en segundos

¿En cuántas de mis recetas entra el albaricoque? Antes: ni idea. Ahora, cuando un proveedor me sube un ingrediente o una clienta pregunta por un alérgeno, lo busco y sé al momento qué recetas tengo que revisar. Parece poca cosa; el día que lo necesitas, no lo es.

5. Ya no puedo perder nada

Un café derramado, una mudanza, la libreta que se quedó en la casa rural de un catering… Mi recetario de papel era único e irrepetible, y eso — que suena muy romántico — es sobre todo peligroso. Digitalizado, tiene copia de seguridad. El romanticismo lo reservo para el hojaldre.

6. Enseñar sin dictar

Cuando entró Marta al obrador me ahorré semanas de dictarle recetas a voces entre horneada y horneada. El paso a paso está escrito una vez y bien escrito; ella lo consulta y yo superviso. Formar a alguien dejó de depender de mi memoria y de mi paciencia.

Cómo lo hice sin volverme loca

El cuaderno sigue en el obrador, jubilado con honores en su estantería — le tengo cariño y las manchas de mantequilla cuentan mi historia. Pero mi recetario ya no depende de que nadie derrame un café encima. Yo tardé quince años en dar el paso; tú no esperes tantos.

Lucía Herrero

Pastelera de obrador. Quince años de harina, horno y oficio. Me encantan las masas levadas y las recetas de toda la vida.